¿Cuál es el espacio que ocupan las pequeñas experiencias del cotidiano inesperado? ¿Cuánto llenan las palabras ajenas nuestras vidas cuando nos sentimos un poco vaciados de expectativas del devenir?
Quien imaginaria que comprar un sillón, o dar la hora en una esquina, puede ser la causante de replantearnos que a veces no somos consientes de la energía que irradiamos y lo mucho que nuestro hacer, ese que tomamos como corriente y en el cual no reparamos por tenerlo incorporado, genera en el resto…
La magia es eso: hacer aparecer misteriosamente reacciones en lugares que desde afuera no tienen el potencial para generarlo por sí mismo.
Y en esos momentos de la vida donde creemos que habita el olvido de nuestro ser, donde creemos que la soledad es la resultante de haber alcanzado otros objetivos, donde creemos que quizás sea tarde para construir lo que relegamos, es cuando la magia se hace presente y una simple palabra nos cambia la mirada hacia un nuevo y desconocido lugar.
Caminar la vida demanda que estemos atentos a lo inesperado, a lo que no podemos manejar, a los sensores que subyacen la realidad que somos capaces de observar y comenzar a hacer aparecer partículas de lo que configura nuestra felicidad.
Lo nuevo nos incomoda, nos hace retorcer el cuerpo hasta que nos amoldamos, nos genera dudas y sentimientos encontrados por más deseado que haya sido obtenerlo; y es así: nunca somos realmente nosotros hasta que no nos adueñamos lo que en nosotros parece a simple vista ser ajeno.
Construyamos la felicidad desde el encuentro con nuestra fibra mas sensible…esa fibra que si nos proponemos a encontrar aparece en esas sobremesas con nosotros en donde somos capaces de decirnos lo importante y comenzar a vivir…
